Internet iba a destruirlo todo. Ahora dicen lo mismo de la inteligencia artificial.

Cada gran revolución tecnológica ha venido acompañada de mensajes muy parecidos. Cuando Internet empezó a extenderse en los años 90, se decía que acabaría con el comercio tradicional, que destruiría miles de empleos, que las relaciones personales se deteriorarían, que desaparecería la privacidad y que muchos sectores dejarían de tener sentido. Después llegaron el comercio electrónico, las redes sociales, los smartphones, las plataformas digitales y, con cada nueva etapa, reaparecieron las mismas previsiones.

Algunas fueron exageradas. Otras, con el tiempo, demostraron tener bastante fundamento. Internet no acabó con el comercio, pero cambió completamente la distribución. No eliminó los bancos, pero transformó la forma en la que trabajamos con ellos. No hizo desaparecer los medios de comunicación, pero sí destruyó buena parte de su modelo económico tradicional. Tampoco acabó con las agencias de viajes, pero redujo enormemente su papel como intermediarias.

El error no estuvo en pensar que Internet iba a provocar cambios profundos. El error fue intentar anticipar exactamente cómo iban a producirse.

Con la inteligencia artificial está ocurriendo algo parecido. Escuchamos que desaparecerán programadores, abogados, contables, diseñadores, periodistas o consultores. Se habla de millones de empleos destruidos, de pérdida de control sobre la información y de máquinas capaces de sustituir capacidades humanas que hasta ahora considerábamos exclusivamente nuestras.

Pero hay una diferencia importante con Internet.

Internet fundamentalmente conectaba. Conectaba personas, empresas, información y mercados. La inteligencia artificial empieza además a producir. Produce texto, código, análisis, previsiones, imágenes, documentos, propuestas y cada vez más acciones.

Internet permitía que un abogado enviase un contrato a cualquier parte del mundo en segundos. La inteligencia artificial puede ayudar a redactarlo. Internet permitió a un programador consultar documentación de cualquier tecnología. La IA puede escribir parte del código. Internet permitió a un director financiero recibir información de distintas sociedades casi inmediatamente. La IA puede empezar a analizarla, detectar desviaciones, identificar anomalías y construir escenarios.

Eso cambia bastante la naturaleza de la revolución.

Hasta ahora muchas tecnologías sustituían principalmente trabajo físico, procesos administrativos o intermediación. La IA entra directamente en determinadas tareas de carácter intelectual. Y por eso genera una sensación de amenaza mayor.

Sin embargo, creo que se está cometiendo un error al hablar continuamente de profesiones que van a desaparecer. Una profesión no es una única tarea. Está formada por muchas.

Un director financiero puede recopilar información, revisar contabilidad, analizar márgenes, preparar presupuestos, prever tesorería, negociar financiación, valorar inversiones, gestionar equipos y asesorar a la dirección. Que una herramienta pueda automatizar parte de ese trabajo no significa necesariamente que desaparezca el CFO. Significa que puede cambiar radicalmente en qué emplea su tiempo y cuánto puede producir.

Y posiblemente ahí esté uno de los efectos más importantes de la IA.

La gran pregunta no es sólo cuántos empleos puede destruir. La pregunta es cuánta productividad adicional puede conseguir una persona utilizando bien estas herramientas.

Internet redujo drásticamente el coste de distribuir información. La inteligencia artificial está empezando a reducir el coste de producir determinados trabajos intelectuales.

Un análisis que antes necesitaba varias horas puede hacerse en minutos. Una primera versión de un contrato, una presentación, una traducción, una revisión de miles de movimientos contables o un análisis preliminar de una empresa pueden prepararse con una velocidad que hasta hace muy poco era impensable.

Eso no significa que el resultado sea siempre correcto ni que el profesional deje de ser necesario. Al contrario. Cuanto más fácil sea producir información, más importante será saber contrastarla, interpretarla y tomar decisiones sobre ella.

Pero la productividad cambia y también la estructura de las empresas.

Una pequeña compañía puede hoy acceder a capacidades de análisis, diseño, programación, marketing o gestión que hace pocos años exigían equipos mucho mayores. Esto puede alterar profundamente la forma en la que se organizan las empresas y, especialmente, la relación entre tamaño, coste y capacidad operativa.

Hay además otra diferencia respecto a Internet: la velocidad de adopción.

Internet necesitó construir infraestructura. Ordenadores, conexiones, páginas web, comercio electrónico, cloud, smartphones. La inteligencia artificial se apoya precisamente sobre toda esa infraestructura ya existente. Por eso puede difundirse mucho más rápido.

Y todavía hay un cambio adicional que probablemente sea más importante de lo que parece: los agentes de inteligencia artificial.

Hasta ahora utilizábamos software para realizar tareas concretas. Cada vez veremos más sistemas capaces de buscar información, interpretarla, ejecutar una acción, comprobar el resultado y continuar con el proceso.

No sólo herramientas que ayudan a trabajar, sino herramientas capaces de hacer parte del trabajo.

En una empresa eso puede significar automatizar conciliaciones, preparar reporting, revisar contratos, controlar vencimientos, analizar compras, detectar desviaciones, preparar previsiones o realizar seguimiento de determinados procesos sin que una persona tenga que intervenir continuamente.

Por eso no creo que la comparación correcta sea “persona contra inteligencia artificial”.

La comparación será cada vez más entre personas y empresas que sepan integrar bien la IA en sus procesos y personas y empresas que no lo hagan.

Lo mismo ocurrió con Internet. Hace treinta años muchas empresas discutían si realmente necesitaban página web. Después discutieron si debían vender online. Más tarde si necesitaban redes sociales, cloud, CRM, análisis de datos o comercio electrónico.

Pero estaremos de acuerdo en que hoy nadie pregunta seriamente si una empresa necesita Internet.

Dentro de unos años probablemente ocurra algo parecido con la inteligencia artificial. La pregunta no será si una empresa utiliza IA, sino cómo la utiliza y qué procesos ha sido capaz de transformar con ella.

Por eso creo que la pregunta realmente interesante no es si la inteligencia artificial va a eliminar puestos de trabajo sino ¿qué podrá hacer dentro de cinco años una empresa con diez personas que hoy necesita cincuenta para hacer lo mismo?

Internet no destruyó la economía. La reorganizó alrededor de nuevas reglas, nuevos intermediarios y nuevas empresas.

Y la inteligencia artificial probablemente haga algo parecido pero la diferencia es que esta vez no sólo estamos cambiando cómo distribuimos información sino que estamos empezando a cambiar también cómo producimos trabajo intelectual.

Y eso puede convertir esta revolución en algo incluso más profundo que Internet.

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